Mundus

 

 

Silverio Sánchez Corredera

 

 

 

  

 

© Del texto: Silverio Sánchez Corredera

 

Edita Silverio Sánchez Corredera, SSC.

 

Impresión: Amazon.com

 

Lugar y año de edición: Gijón, 2017.

 

Foto de portada: Silverio Sánchez Corredera

 

Maquetación de portada: Cover Creator of  USA

 

ISBN: 978-84-697-2731-7

 

Depósito Legal AS 02017-2017

 

 

 

Información:

 

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orabetejex.jimdo.com/   Mi Biblioteca Editorial SSC 729

 

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ÍNDICE

 

 

 

 

 

            I. La ambición                              5

 

            II. La familia Delmundo              39

 

            III. La ley                                      79

 

            IV. Paideia                                     139

 

            V. Civitas                                       169

 

            VI. Feeling                                      251

 

            VII. Acoso                                       303

 

            VIII. Luz y niebla                            361

 

            IX. Promesas                                    389

 

 

 

 

 

 

He escrito Mundus pensando en vosotros, Enrique y Elena.

 

Me habéis servido de inspiración y de norte.

 

A vosotros dos, mis niños grandes, os lo dedico.

 

 

I

 

 

 

La ambición

 

 

 

 

 

Este esfuerzo por conseguir que todos aprueben lo que uno ama u odia es, en realidad, ambición, y así vemos que cada cual, por su naturaleza, apetece que los demás vivan como él lo haría según su índole propia, y como todos apetecen lo mismo, se estorban los unos a los otros, y, queriendo todos ser amados o alabados por todos, resulta que se odian entre sí.     

 

(Spinoza: Ética, III, P. XXXI, Esc.)

 

 

 

1

 

«¡Cómo vuela el tiempo!», meditaba Silvia, que le parecía haber empezado ayer su tesis doctoral... Sin embargo... este año, en 2446, ha fijado la nieta de Edmundus Delmundo el límite para acabarla. Ya era hora de un empleo productivo. Su hermano Yóbrek ha sido en esto más diligente. Son ya cinco años de trabajo para el ejército de la United Nations World Balance, la UNWB o como comúnmente se dice Balance.

 

La fiesta de Nochevieja había sido redonda. Pero no ha podido borrar las sensaciones anteriores. Durante toda la intensa y loca noche de abrazos y bailes ha seguido paladeando con viva nostalgia la cena en familia, cuyo principal protagonista era siempre el mismo. El abuelo era político, pedagogo, investigador, doctor, filósofo… un personaje muy célebre. Por ello, era difícil evitar que la gente no tuviera de él una imagen distorsionada. A menudo tenía que corregir algunos estereotipos... Esa misma noche, en conversaciones cruzadas. Silvia le tenía totalmente presente en su vida cotidiana. Le trataba tan de cerca que sabía muy bien lo que valía, mucho más de lo que la gente común creía, a pesar de que entre la opinión pública planetaria alcanzaba dimensiones míticas, pero ella conocía en directo el material del que estaba hecho, y, por eso era difícil explicar su valor en fórmulas, con palabras siempre esquemáticas... «¡Había que conocerle!», sentenciaba incansablemente con el mismo gesto de convicción.

 

Esta misma adoración era compartida por su hermano, Yóbrek. «A él se le nota tanto como a mí», rumiaba Silvia, que seguía embebida en sus pensamientos. La afinidad con el abuelo, en realidad tatarabuelo, les unía a ellos dos aún más de lo que ya lo estaban. Ambos vivían unidos por una feliz infancia, por guiños y conniventes coincidencias, por un entrañable amor fraterno convertido en una fuerte amistad que había ido creciendo en silencio, como crecen los árboles. 

 

Ahora, a las 10 de la mañana del 1 de enero, Silvia arrinconaba todas estas imágenes de aquel álbum familiar mientras reía estruendosamente, feliz y exultante desde que se acomodaron los cuatro en el vagón. A su lado estaba Tullio, compañero de trabajo de su hermano. Era de Milán y había derrochado toda su innata simpatía aquella noche con su marcado acento italiano; y, enfrente, Yóbrek y Constanza, su imponente novia venezolana. De ellos, era Silvia la que más burbujeaba en estos momentos. Disfrutaba de uno de esos estados emocionales en los que se captan infinidad de matices menudos y anodinos, pero cargados de sentidos. Un agudo ingenio penetraba esos detalles y los descomponía cómicamente. Por eso reía con tanta generosidad… muchos pensarían que habría bebido o tomado algo, solo ella sabía que no era verdad, se trataba de su juguetón espíritu. Esa fina lucidez se apoderaba de ella fácilmente, muchas veces cuando había pasado la noche en blanco.

 

—¿Qué hora es? —preguntó su hermano Yóbrek.

 

Tullio miró hacia la pantalla virtual del vagón (la VS, como todo el mundo decía, obedientes a las iniciales de Virtual Screen).

 

—Las 9:59 —dijo de inmediato Tullio, como si se tratara de un chiste ocurrente.

 

Nuevas carcajadas hilarantes de Silvia que contagiaba a sus tres compañeros. El resto de pasajeros, la mayoría en grupos, iban a lo suyo, absortos en sus propias diversiones.

 

Salvo los raros o... misántropos, los 34 000 millones de habitantes del planeta se hallan envueltos en las mismas ceremonias...

 

El primero en descender fue Tullio, en Monte Deva. Después Yóbrek y Constanza, en Viesques. Silvia bajaría en la próxima. La inercia de la risa continuaba, pero ahora procuraba contener el gozo de la carcajada: iba sola. «No se ríe una sola a carcajadas», pensaba mientras se contenía.

 

 

 

Los cuatro han estado en la fiesta con decenas de amigos y entre cientos de conocidos. La sala Hera tiene un aforo de treinta mil y es una de las preferidas de Silvia, con su gran jardín central climatizado al aire libre y con sus veinte esferas temáticas que satisfacen todas las expectativas —las que te transportan a una selva o a la cima de una ola mientras sigues los ritmos musicales o, para otros gustos, los bailes teatrales al calor de drogas legalizadas (sustancias biosomáticas que no crean adicción aunque sí distorsionan la conciencia)—. A su hermano Yóbrek no le disgustó ir este año a Hera, sobre todo porque el ambiente de la esfera Baile de Disfraces permitía danzar a la vez que bromear, en un ambiente en el que la conversación seguía siendo posible. Por eso la han elegido sin discutir. Constanza, la venezolana llegada a España hace un año, se ha dejado llevar, después de todo aún no conoce a fondo esta ciudad de 20 millones de habitantes. Tullio va adonde le diga Yóbrek, aunque solo sea porque se ha encaprichado secreta pero visiblemente de su hermana, la mujer inalcanzable.

 

La VS del vagón marca 800 km/h. Pensativa y sonriente, la nieta de Delmundo mira el paisaje vertiginoso que se desliza tras las ventanas: «Mi hermano me ha hablado muy bien de Tullio. A ver si es lo que parece. No conocía su faceta de payaso. Hacía tiempo que no me reía tanto. Espero que no se haya hecho ilusiones. Un buen amigo… No necesito liarme más… de momento tengo bastante». Después, recapacitando, se puso seria unos breves instantes: «Pobre Rómulo… su madre, el accidente… no pudo hacerse nada. Y no he podido acompañarle». Rómulo, su medio novio.

 

Mira solazada el extraño atuendo donde va embuchada: chaqueta con brillos plateados y dorados de grandes hombreras sobre una camisa también plateada de gran cuello, cerrado con un enorme lazo albar y una falda rosada con enaguas rosiblancas de gran vuelo justo por encima de la rodilla, medias de seda doradas y brillantes con unos zapatos rosáceos de un tacón desmesurado. «La idea de estos trajes del siglo XXI ha resultado todo un éxito. Fue más bien una asociación de ideas espontánea, cuando configuraba imágenes para mi tesis». Borró la sonrisa que acompañaba esta divertida rememoración y recuperó un lugar más profundo, más serio, de su apasionada psique: «¡La tesis!, tengo que acabarla de una vez. ¡Y darle un título definitivo! Me inclino por la opinión del abuelo: “Los siglos postilustrados”».

 

El tren frena al llegar a la estación Jovellanos, sin ruido, solo esa inercia contenida y un paisaje más inmóvil lo anuncia, además de la VS que parpadea «Jovellanos. 3 segundos».  «¡Qué curioso!, el IC que usaba Tullio no es el que maneja como policía. ¿Un carnet para las fiestas?, ¿por coquetería? Yóbrek utiliza el mismo siempre. Pero mi hermano es austero aunque no se lo proponga».

 

Al ritmo de su paso inconfundible: deportivo y bellamente ejecutado, a la sombra de la arboleda marítima, ajusta los últimos retoques de su programa mental: «Tomaré media Sleep Fast y me pondré por la tarde otra vez con la tarea. Hablaré con el abuelo, me ayudará a fijar el enfoque final».

 

Es raro ver la ciudad sucia. Es el único día del año que puede contemplarse así: asolada, maltrecha y satisfecha. Un halo de alegría se ha quedado suspendido en el paisaje… Puede que sean los restos de comida y bebida, abandonados en sus envases. El naufragio de los gozos tribales. Dentro de dos horas todo estará de nuevo reluciente. Las controladoras de limpieza encenderán a la hora programada sus pantallas y los robots se pondrán manos a la obra.

 

La despedida de año viene de las vísceras, de las entrañas históricas y de conspiraciones estéticas. Siempre ha sido así, desde los inicios de nuestra civilización: «Apolo y Dionissos, dos dioses antagónicos repartiéndose su influencia sobre la humanidad. Apolo, el orden, la razón, sin él no sería posible la sociedad ni el progreso. Dionissos, la efusión, el amor, el desbordamiento, sin él la vida ya no sería vida», sentenció Silvia, que era una brillante historiadora.

 

2

 

Tullio había descendido en la estación Monte Deva, su apartamento se hallaba en un lugar alto con hermosas vistas. Alquilar un bólido era arriesgado, siendo además policía; «la tasa de alcohol será difícil de encubrir». Sentado ya en el robotaxi, después de registrar su IC, procuró no quedarse dormido, y trató de pensar en otra cosa evitando no irritarse consigo mismo: «No sé muy bien por qué lo dije; sonó como si yo supiera muy bien lo que hacía: “te llamaré mañana, tengo que decirte algo”; ¡seré imbécil, qué voy a decirle! Me parece que ella pensó que era un chiste más. Apenas si he bebido, solo un poco alegre. ¡No puedo evitarlo!».

 

 

 

El brazo de Yóbrek rodea entre la ternura y el abandono el hombro de Constanza. Cavilantes, somnolientos, tras la reciente algarabía de frases y risas lentamente disipada. «Qué deslumbrante y arrolladora ha estado mi hermana. Como perteneciente a otro mundo. Constanza quiere disimular muy bien esa sombra de envidia». El policía gira la cabeza y mira inspeccionando el semblante de su novia, mientras reflexiona: «Algunos sentimientos son inevitables al nacer espontáneos... como el fastidio por la excesiva felicidad ajena».

 

A las 10:15 de ese festivo día, decenas de parejas similares a Yóbrek y Constanza ralentizan también sus últimas alegrías, mientras sus cuerpos luchan entre bostezos, por la misma alameda. Él da los últimos retoques a lo que lleva en mente: «Estamos llegando, unas pocas aletargadas caricias y tras el séptimo cielo espero caer en el sueño más profundo, sin SF. Necesito reponerme. A las 23:30 otro lejano viaje, 2 horas, hasta la Polinesia, esta vez Samoa. Una fuga de la prisión Dantès, de alta seguridad; un recluso de peligrosidad extrema. Debo llevar equipaje de emergencia. Prefiero decírselo en el último momento: “que la cita de mañana queda cancelada”. Supongo que me responderá con un enfadoso silencio, como si lo hiciera expresamente contra ella y como si yo pudiera evitarlo. Totalmente absurdo, ella también es policía, y aspira a la brigada especial». Sin haberlo premeditado, repentinamente, se pone a hablar:

 

Una mala noticia, el plan de mañana a pique. IW código violeta; a las 23:30 en el aeropuerto. A Samoa. Por lo menos serán dos días. Lo siento, Tanzi.

 

Constanza reaccionó sin inmutarse, impávida, rígida, impenetrable… el enfado frío y distante ya se había instalado. Retomarían la vida y las caricias a la vuelta. Él lo supo al instante.

 

El capullo autodefensivo estaba cerrándose al completo en las vísceras de Constanza. «Esta me la vas a pagar, hijop...!». Precisamente hoy, que iba predispuesta a dejarse arrastrar por su abrazo varonil y por los besos y cariñosos mordiscos que solían empezar por el cuello y se perdían in crescendo por todo su cuerpo hasta abrir las llamas de su paraíso. «¡El muy cabrón!, ¡un código violeta!». No había cosa que le pareciera más indecente que las acciones quedaran impunes. Eso le había llevado desde niña a ser policía. Mientras sacaba su carnet para hacer un registro, aprovechó para desprenderse del brazo del impostor: «¿A qué hora le habrá llegado ese Instant Warning?, ¿cómo sé que no ha sido él mismo quien ha solicitado el código violeta?, ¡qué casualidad!, una misión de antípodas, la que todos buscan, por los complementos, los descansos, los ascensos, el currículo, el prestigio… ¡y por dejarte tirada como un desecho! Cien veces me habrá prometido, mientras conseguía lo que quería, que me ayudaría a ascender a la brigada especial… ya veo, siempre él. ¡Que no se le ocurra tocarme, el muy cerdo!».

 

 

 

Al cruzarse con Yóbrek, Sandra le envió un gesto de saludo, pero debía ir absorto, porque no se lo devolvió: «No me ha visto. Hubiera aprovechado para felicitarle, por lo de su abuelo».

 

¿Le has visto? Es Yóbrek, ya te he hablado de él. Estudiamos juntos. A los cuatro años en la Paideia central, y después, desde los siete, en la Universitas insular. Compartimos varios retos prácticos. Era sensacional, el amigo que todos admiran. De crío ya era muy célebre, y eso que entonces desconocíamos lo de su abuelo. Mira por donde, ¡no sabía que ya estaba emparejado!

 

Alberto permanecía sin mostrar gran interés, más dormido que despierto. Odiaba esa manía de conceder tanta importancia a los famosos… A Sandra le parecía que Alberto tardaba mucho en reaccionar; no tenían sentido los celos. En su fuero interno pensaba que Yóbrek era demasiado y que ella no podía pretender tanto. Alberto encajaba mucho mejor con ella.

 

—¿Quién es ella? —preguntó Alberto, saliendo de su distante letargo.

 

—No la conozco, en Hera oí que se llama Constanza y que vino a Astur desde Venezuela. ¿No te acuerdas? Dijiste que bailaba mejor que nadie.

 

Alberto cambió de tema para disimular el interés que le despertaba esa venezolana imponente. Había pasado toda la noche como un poseso, sin apenas bailar, observándola como voyeur y quejándose de su dolor de cabeza. Aquel cuerpo se le había metido como una obsesión. Sensualidad pura. Deseo involuntario, hipnótico, que ya había experimentado más veces; una atracción parecida a la que sentía por la fotografía. «Hasta su nombre es sensual, curvilíneo, Conss tann zaaa. ¿Por qué los tontos y los ricos tienen siempre tanta suerte?».

 

—¿Son muy ricos los Delmundo?

 

—¿Por qué lo dices? Es algo que todos saben. Pero Yóbrek vive de su sueldo, aunque no es comparable con el nuestro, claro.

 

—¿Cómo se llama su abuelo?

 

—¿Estás tonto? Es Edmundus, acaban de darle el premio Cosmos. ¿Te imaginas? Y ya tiene todos los demás. Salía en todas las VS. Te lo había comentado… ¿No es imponente la novia de Yóbrek?, ¿no negarás que cualquier hombre estaría dispuesto…?

 

—Esta no ha sido mi noche… ¡el maldito dolor de cabeza… todo el tiempo!; estoy cansado, incubando algo, creo. Además ya son las diez y media. Me muero de sueño.

 

—Mañana mismo, prométemelo, te miras bien. En el robot de costumbre haces el análisis y que te recete... El viaje es el jueves próximo y no podemos dejarles en la estacada, cuentan contigo para las fotos… Ya sabes.

 

Sandra  trabaja en la central de robotcamareros de Astur, coordinando los pedidos del distrito de Gijón, y Alberto es montador de los nuevos modelos de robotvigilantes, en la sede asturiana de la central española. Dentro de una semana tienen quince días de vacaciones. En el IC de Sandra figura: «Astur, 2416, mujer, mestiza 4cruces, 1,84 metros, especialista coordinadora, level 58». Los datos del carnet de Alberto son: «Madrid, 2415, varón, mestizo 2cruces, 1,95 metros, montador especialista, level 54».

 

3

 

Salvo los días de viaje, a Nueva York, a Sidney, a Río, a Pekín… a las megalópolis, metrópolis y urbes habituales de la red de Sanidad Mental de Balance,  Edmundus asistía a pie a diario a su clínica. Protegido por una fronda de árboles, el edificio apenas podía apreciarse desde el exterior. Sorprendía siempre al visitante su extraña arquitectura. El doctor había querido recuperar un modelo del siglo XXI, de cuatro plantas y de muy reducidas dimensiones, no más de mil metros cuadrados por piso. Todo era inmediato y accesible, sin necesidad de utilizar módulos aéreos, ni trenes, ni robotaxis, ni andenes móviles.

 

Era inevitable que todo el mundo se detuviera un momento para observarle. Estilizado sin dejar de ser robusto, enhiesto todavía a pesar de su considerable edad, ritmo cadencioso y seguro, mirada limpia y absorta. Actitud firme, resuelta y diligente sin estigmas de precipitación o agobio. En su IC figuraba, «Montreal, 2306, varón, mestizo 5cruces, 1,98 metros, doctor, level 100». No era solo su fama lo que atraía las miradas hacia esa figura de talla media, de marcha aún algo juvenil a sus 140 años y rodeado de una fama de sanador impoluta… era también una extraña e indefinible sensación que desprendía con su porte… Su longevidad superaba ya la media de esperanza de vida planetaria, que había ascendido a 118 años en las últimas estadísticas, pero en su caso aún se hallaba en el cénit. Era uno de los cincuenta mil que poseían el gen longevo, que les permitiría llegar con facilidad a los 190, a los dos siglos, y quién sabe si aun más, sin apenas deterioro final. Su piel, fiel reflejo de su múltiple mestizaje étnico (no en vano un 5cruces), ni blanca, ni negra, ni... Era de un color difícil de clasificar.

 

Su biografía estaba incluida en los temarios oficiales de las escuelas. Diez doctorados, político de gran éxito en su juventud, revolucionó el sistema de enseñanza y el nuevo modelo de trabajo. A partir de los 55 años, tras su retiro de la política, se dedica intensivamente a la investigación y a la psiquiatría. Ha fundado más de treinta clínicas autónomas de Arte Psiquiátrico por todo el mundo y más de dos mil funcionan aplicando su método y no cesan de proliferar. Es uno de los diez mil habitantes del planeta que tiene el level 100, el superior.

 

El level mide la valía personal total entre 0 y 100. Es una puntuación que se va adquiriendo por méritos, a base de aumentos y disminuciones en las diez áreas vitales. Los del nivel 100 llegan a ser idolatrados, por eso y por otras consecuencias Edmundus está tratando de corregir su uso. El 51 % son mujeres y el 49 restante hombres.

 

El doctor era un alma cándida, buena y transparente, pero vivía con un gran secreto que aún no podía desvelar a nadie. El Pozo, su gran descubrimiento terapéutico, encerraba un problema que, mientras lo «solucionaba», solo podía conocer él.

 

Son las 8:55 de la mañana del 2 de enero, viernes, las treinta salas de espera de la clínica reciben en sus asientos a los primeros pacientes del día. Todos desearían estar en la sala 30 pero ahí solo llega una selección mensual o los casos extremos. El resto de doctores son también muy eficaces, perfectamente instruidos en la escuela de Arte Psiquiátrica Delmundo, pero ninguno tiene el prestigio de su fundador.

 

Al entrar en su despacho, Edmundus ve a alguien sentado en la butaca, en actitud de espera. No la ha visto bien todavía pero sabe que como de costumbre ha de ser Silvia; ella y su hermano son sus nietos preferidos; ambos pueden entrar sin permiso previo.

 

—Hola, pequeña, qué alegría le das a este abuelo. Llevabas varios días sin aparecer y sin llamarme. De Yóbrek sé aún menos… —dijo, mientras sabía que el último encuentro había sido apenas ayer, pero la cena de Nochevieja no contaba, con sus brindis y efusiones alegres y gregarismo amable.

 

—Yóbrek está en Samoa, un código violeta… Yo también te he echado de menos, pero ya sabes que la última semana del año la dedico a mis amigas y amigos. Vaya ojo que tienes, porque fue un éxito la idea de la moda siglo XXI… qué seguro estabas, abuelo, y cuántas dudas tenía yo…

 

 —El siglo XXI es uno de mis preferidos. Aunque hubo mucho dolor. La gran peste bioquímica en los cincuenta, el crack del capitalismo a continuación, y después la fusión nuclear, el dominio de los neutrones, la revolución nanotecnológica, el fin de las miserias físicas, el nuevo orden político internacional y todo lo que sobrevino... Época fascinante… Los siglos XXII y XXIII fueron fruto directo suyo.

 

Silvia sabía que al abuelo le disgustaba retrasarse en las citaciones del día. Eran ya las 9:05, y la primera entraba a las 9:10. Así que…

 

—Te veré a las dos, para comer. Hoy no puedo ayudarte, necesito trabajar toda la mañana por mi cuenta. Estaré en la biblioteca de la clínica. Tengo que terminar este año mi tesis, como sea. —Un beso en la mejilla rápidamente esbozado selló el pacto. El abuelo la despidió dejándose besar y con una tierna sonrisa de satisfacción y orgullo.

 

4

 

Joseph Kirk y Adolph Kirk eran gemelos idénticos. La foto del escáner de la entrada a los jardines de la clínica no incluía el registro del iris y tuvo dudas sobre la identidad del nuevo visitante: podía tratarse de cualquiera de los dos. Finalmente por su carnet en la entrada al edificio quedó registrado Joseph. No se le esperaba para consulta. La base de datos recuperó al instante que cinco años atrás había seguido un tratamiento prolongado. Para muchos que conocieron el proceso, un auténtico y espectacular éxito del método Delmundo. Joseph había sido tratado antes en tres clínicas diferentes con buen pronóstico, sí, pero siempre con recaídas. Solo el 0,19 % de los enfermos eran de síndrome cuádruple destructivo profundo. Joseph era un sujeto realmente atípico. Adolph lo era aún más.

 

El guardia de seguridad, desde su central a varios kilómetros, que había retomado inmediatamente el caso por la alerta del robotinspector, estudiaba los gráficos en la VS de su oficina. Eran 1700 millones de habitantes los que tenían expediente de delincuencia aberrante, de ellos la mitad peligrosa, pero éste constaba como ya curado, desde hacía tres años, sujeto a revisiones ulteriores. El guardia de seguridad pasó con su IC la alerta a su capitán: «13:05, 2/01/2446, en Clínica Delmundo: Joseph Kirk, 33 años, varón, mestizo 2c, 2,05 metros, recluso, rehabilitado, level 45 con mínimo histórico 5». El capitán cursó la alerta a la centralita de la clínica a las 13:15.

 

Por un exceso de bondadosa ingenuidad, Edmundus siempre había desestimado, ante todas las prevenciones obsesivas de quienes le rodeaban, proteger sus clínicas con el máximo control policial, que incluía la lectura del iris. Pensaba que ese sistema no era perfecto porque implicaba inevitables molestias sorpresa cuando el programa se mostraba incapaz de interpretar situaciones ambiguas, y su centro era ante todo un lugar de curación... La confianza formaba parte esencial de su mundo. Y la probabilidad de riesgo se estimaba tan baja que resultaba despreciable. El rigor del iris era inexorable, demasiado para el sabio. Con ese método el guardia de seguridad habría transmitido estos otros datos muy diferentes: «13:05, 2/01/2446, en Clínica Delmundo: Adolph Kirk, 33 años, varón, mestizo 2c, 2,05 metros, recluso, inhumano, level 1 con mínimo histórico 0».

 

El teléfono del IC del doctor sonó mientras atendía a su último paciente del día a las 13:16. Solo en caso de urgencia tenía autorizado que le llamaran, así que trasvasó los datos de su carnet a una VS en el escritorio, descartando pasarlo a una vertical, mucho más cómoda pero menos discreta, teniendo en cuenta aquellos ojos que estaban clavados en ese momento obsesivamente en él. Era una mujer aquejada de mitomanía aguda, muy grave.

 

—Disculpe, Anne, es una urgencia.

 

El doctor estudió los datos que le transmitían y enseguida se tranquilizó al comprobar que se trataba de Joseph Kirk, uno de sus pacientes, al que había tenido que bajar al Pozo, como terapia definitiva; lo recordaba muy bien, ahora era un caso seguro. Además, ningún «habitante del Pozo» había recaído jamás. En el próximo febrero le correspondía la revisión bienal, para salir definitivamente de la prisión. Sin duda, un permiso especial, que estaba utilizando en su calidad de visitante potencial. No podía ser una recaída, pero sí algún problema lateral. Así que tecleó rápidamente: «Joseph Kirk: cita excepcional, 14:10, hoy».

 

El visitante se dirigía a los lavabos en el preciso instante en que un conserje transmitía la citación apuntada: resonó en su bolsillo. Se puso entonces en guardia. Esperaba aquella llamada y suponía que sería para exigirle la acreditación. Tenía ya una buena coartada. Se sorprendió al ver que se le concedía una visita no solicitada. Eso le facilitaba mucho las cosas. A las 13:30 confirmó desde su carnet su asistencia, con un breve texto: «Gracias, doctor». Transcurridos diez minutos salió de los lavabos y se dirigió a los jardines; disponía de tiempo y estaban bien climatizados en aquel riguroso invierno. «Después de todo, era bien sabido que había sufrido una severa claustrofobia»; fue la razón, según consta en su expediente, por la que una vez hecho prisionero admitió el tratamiento psiquiátrico que finalmente le curaría. Uno de los cuatro síndromes con los que había vivido desde su adolescencia, el único doloroso para el enfermo. Los otros tres mucho más peligrosos socialmente: ludopatía obsesiva compulsiva, personalidad esquiva aguda destructiva y axiología invertida profunda; además de la claustrofobia severa asfixiante, eran las lacras de las que se había liberado, según constaba en su currículo.

 

A las 14:05 una gran explosión echaba abajo medio edificio de la clínica Delmundo. Justo a las 14:04 el visitante había salido imprevistamente de los jardines y había tomado un bólido aéreo monovolumen, después de manipular una falsa licencia, robando la ruta de otro usuario. A las 15:30, tras haber transbordado tres veces, borrando huellas, aterrizó en una Isla Autónoma del Índico con un monovolumen cogido en Italia que ni siquiera tuvo que manipular. Por tanto, desde su último enclave, en Sicilia, no había dejado rastro aparente de su paradero actual.

 

«Dentro de dos días podré llegar a mi próximo destino sin problemas, y continuaré mi obra…», —pensó, mientras grababa unos datos con gesto entre vanidoso y pérfido, en el documento «Operación Delmundo». El fugitivo sabía que ahora tenía que permanecer quieto algunas horas. La pista primaria estaba distorsionada y ahora se trataba de suprimir también las pistas secundarias.

 

«En veinticuatro horas, ni respirar». Todo perfectamente calculado para que sus movimientos no le delataran.

 

5

 

Las páginas de las VS de todo el mundo difundieron rápidamente la noticia. Edmundus Delmundo, uno de los principales sabios del planeta había fallecido a las 14:05, tras el atentado perpetrado en su clínica, en Astur, una metrópoli al norte de España. Catorce muertos y más de sesenta heridos graves, entre ellos una de las nietas Delmundo.

 

Yóbrek conoció la lancinante noticia cuando llevaba poco tiempo dormido, en Samoa, a las 4:15 hora local del día tres (las 15:15 del día dos en España). La alarma de su carnet le llevó a buscar las noticias del canal global, empezando por la escala de importancia principal. La primera noticia fue la de su abuelo. Una parálisis emocional le invadió y le congeló el corazón. Salió de ella tras algunos segundos de aturdimiento. El dolor inimaginable de pensar que algo horrible podía estar pasándole a Silvia le sacó de su pánico paralizante. Sintió una culpa irracional, por no hallarse con ellos. Marcó inmediatamente la dirección de su madre pero antes de pulsarla cambió a la de su padre. Prefería un informe menos emocional.

 

—¿Papá? ¿Qué están diciendo las noticias? El abuelo…

 

—Pequeño... sí, sí… —transcurrieron unos segundos extraños... gélidos y punzantes—. Ha sido horrible… Y no podemos llegar a creerlo. Tu madre…

 

—¿Y Silvia? ¡Cómo ha podido suceder...! ¡No soportaría que le pasara algo…!

 

—Estamos en la sala de espera… la están operando… nos han dicho que está fuera de peligro pero han quedado afectadas las piernas… Dentro de una hora nos lo dirán. Ya sabes, Yobre, que tu hermana es muy fuerte. Todavía no sabe nada de la muerte del abuelo… la rescataron inconsciente… Mejor así, porque si lo supiera, se derrumbaría…

 

—Llamadme en cuanto sepáis algo. Estaré alerta. Ahora no puedo iniciar el regreso. Hasta mañana no sabré si puedo viajar a España. Ya sabéis que sigo en código violeta… secreto, sin excepciones. ¡No podría estar en peores circunstancias! ¡Os quiero mucho... dale un beso a mamá! ¡Llamadme!

 

6

 

El fugitivo estaba a salvo. El islote Raphael, en el archipiélago de las Macareñas, al noreste de Madagascar, pasaba casi imperceptible al escaneo diario de los satélites policiales. Desde este islote podía pasar fácilmente a la isla principal, Cargados Carajos, si fuera necesario. Sería difícil dar con su paradero, a menos que hiciera algún movimiento en falso. Sus ideas se ordenaban con precisión:

 

«El islote está deshabitado… y en la isla solo hay fugitivos… diablos… ¡Basura!». Para el terrorista, aquellos marginados que veía en las Macareñas aparentaban ser muy distintos de los confederados, tan hábiles en maquillarse, limpios y correctos… sin embargo, todos eran igualmente «las ratas de un naufragio». La civilización había degenerado ya en exceso.

 

Una nueva jerarquía de valores estaba naciendo y él era su encarnación. Engañados durante siglos, con esa rancia división entre el bien y el mal. Podía sentir cierta lástima por el anciano, porque él no era como los demás... Tenía el don, era también superior, pero lo desperdició… empeñado en su confuso humanitarismo... ¡A estos precisamente hay que retirarlos de la faz de la tierra los primeros! ¡Son contaminantes!

 

Un hombre de unos sesenta y cinco años, antiguo líder de Cargados Carajos, volvía a su escondite en el islote Raphael, después de haberse dado un breve festín con restos de carne encontrada en una hoguera abandonada. Mejor la antropofagia que el hambre… Quienes pescaban y laboreaban tubérculos habían caído víctimas uno a uno… Los restantes eran criminales profesionales… supervivientes.  De pronto sintió una presión salvaje en la espalda y un corte rápido que le rebanó la garganta… La sangre del suelo era la misma que le llenaba la boca y le coloreaba el ojo…se moría y lamentaba no poder ver el rostro de quien le había atacado…después de todo no era nada tremendo… podía verse a sí mismo… muriendo desangrado como tantas veces él había visto yacer a otros… «Ojalá que su pequeña Margaret nunca le viera así… ni llegara a saberlo».

 

El cadáver llevaba rígido y ridículamente tieso varios minutos... era un inconveniente, una pista posible. El fugitivo pensó que lo mejor sería arrojarlo al agujero, donde con suerte las pequeñas alimañas no dejarían que la fetidez se prolongara mucho tiempo... en todo caso él ya no estaría aquí, pero se había impuesto no dejar rastro alguno. El intruso le estaba distrayendo del curso de sus ideas y el olor acre de su piel persistía ruidosamente en su memoria.

 

Tras apaciguarse, canalizado el brote colérico —aún debía mejorar su autocontrol, hasta la perfección—, y despejada la zona, el fugitivo se sentó ante una bella postal marina, extrajo de su pequeña mochila abdominal unos envases y se dispuso a alimentarse con comida energética de los confederados. Se detuvo unos instantes, abrió su IC e introdujo en el documento «Yóbrek Delmundo: Samoa» lo siguiente: «fase código ultravioleta», luego empezó a comer lentamente, mientras veía con anticipación el gesto del «famoso nieto» cuando muy pronto pasara del violeta al ultravioleta.

 

Pasaron dos horas y nada se movía salvo las olas. Dejó de pensar… aquellas galletas energéticas quitaban el hambre, aunque no satisfacían el apetito. El sopor digestivo se desencadenaba como de costumbre… Poco antes de caer en el sueño pensó que debería encontrar pronto una buena hembra… sin dejar rastro… La lascivia se superpuso al desprecio que estaba experimentando al pensar en el parecido entre su hermano, Joseph, y él, Adolph, un momento antes de rendirse a la noche.

 

7

 

La VS de la sala de Silvia marcaba las 2:12. Los párpados pesados, la conciencia luchando con un frío helado, el sueño aplastante como una inmensa roca; el dolor, disperso, como cientos de agujas punzantes; la boca seca y amarga; lo peor de todo: el miedo y el vértigo. Después de breves segundos tormentosos, volvió a caer en un sopor profundo. Las drogas hacían bien su trabajo.

 

«El abuelo caía en un pozo, mientras se alargaba su figura para no desaparecer del todo; Yóbrek trataba de cogerle vanamente; él mismo peligraba caer… Ella, a medio metro del pozo, no podía moverse, impotente, petrificada… Los ojos del sabio salían ahora de las cuencas como los de un loco, igual de irracionales, y los brazos del heroico policía, su hermano, se estiraban tan inútiles como los de un beodo a punto de perder el equilibrio… Ella no podía mover ni un dedo y se estaba esforzando en gritar sin resultado alguno… se había quedado sin voz… su cuerpo estaba enterrado en la arena hasta la cintura... impotente, aterrorizada. Prefería cien veces la muerte», pero «todo era un sueño», pensó mientras recuperaba un hilo de conciencia.

 

Fiebres, secreciones, pesadillas, vértigo… A las 4:25 Silvia volvió a recobrar lúcidamente la conciencia. Quería girarse para sentirse un poco más cómoda e intentaba  apoyar los talones y flexionar un poco las rodillas para conseguirlo. No logró sentir las piernas, ¿qué pasaba?, ¿por qué no sentía sus piernas?, ¿por qué no podía moverse?, las alucinaciones ya habían pasado... esto era real… no entendía nada. Había perdido el conocimiento y no podía recordar nada más…, salvo una aguda sensación de dolor físico y anímico.

 

8

 

La temperatura de la habitación estaba perfectamente climatizada. Era una suerte, porque aquel verano austral el calor no daba tregua… La VS de la habitación marcaba en posición de penumbra las 4:30 del día tres. Yóbrek, después de conocer la noticia del abuelo y de su hermana, no deseó nada con más fuerza que regresar cuanto antes a casa. Si pensaba en la muerte del abuelo, su desolación no podía ser más intensa. Pero no tendría ninguna posibilidad de regreso, dado el código violeta, si antes no resolvía la trama del castillo Dantès. Estaba totalmente noqueado y también desvelado, con un ritmo neurovegetativo de diez sobre diez. Imposible dormir así. Pero debía descansar si quería rendir lo necesario en las indagaciones que le esperaban al término de cuatro horas. Decidió tomar un SF-3, concentrado para tres horas de sueño.

 

A las 7:30 el policía dormía empapado, febril… soñaba sabiendo que soñaba, sin poder salir del sueño... «Silvia... precipicio... oscuridad... no conseguía cogerla. El abuelo reventaba hecho añicos. No conseguía moverse ni gritar, derrotado… No podía soportarlo más. Estaba acostumbrado a triunfar».

 

La alarma de Yóbrek empezó a sonar… La mano supo encontrarla al segundo. Se incorporó sentándose en la cama, a la defensiva, ante un inminente peligro.

 

«Estoy empapado… ¡el abuelo!, ¡Silvia!, Samoa, qué hora es, tengo que levantarme… Regresaré cuanto antes», se dijo, mientras luchaba por vencer una negra congoja que le sobrecogía.

 

9

 

En aquel habitáculo abandonado a la desidia desde hace varias décadas, pero bien protegido de la intemperie, el fugitivo dormía plácidamente envuelto en una fresca temperatura nocturna, antes de que el sol empezara a calentarlo todo de nuevo. El anciano se le aparecía vaporoso e inasible en una pesadilla. Según el filósofo él era un fratricida; el odio con el que intentaba volver a destruirle no influía en la serenidad de Edmundus y, al contrario, intocable a sus ataques, seguía hablándole y pontificando sobre su conducta, ¿cómo se atrevía? Estaba muerto y era ahora un fantasma indestructible. El aire no fluía bien, irrespirable, la atmósfera plomiza, asfixiante sentir aquel espectro, que le afligía y le quitaba el aliento. Dos moscas torpes y obsesivas salieron zumbando tras el gesto agresivo y errante. El fugitivo comprendió que empezaba a amanecer y que se trataba de un mal sueño. Estaba de pésimo humor, aún recordaba aquel ahogo impertinente… Buscó durante unos segundos con su mano a las moscas, que huyeron de nuevo.

 

Con marea baja era fácil pasar del islote a Cargados Carajos y recuperar su bólido, camuflado en el desguace donde otros aparatos robados y desechados se amontonaban por decenas. Antes observó durante media hora con atención a aquellas mujeres que se afanaban en los trueques del mercado. Aquella hembra, seguro que aborigen pura, sin mezcla racial desde al menos el siglo XX, apenas quedaban ya, lo sabía bien. No importaba mucho que una niña de tres años la siguiera a todas partes cogida de su mano. Tomaron rumbo hacia el puerto. No sería difícil, en aquellas calles estrechas.

 

Un tirón firme hacia el portal y ya la tenía. Con el filo empuñado en la otra mano, la pequeña solo sintió un corte profundo en la garganta que no sabría siquiera interpretar. Moriría prácticamente en el acto. Era bueno degollando para no hacer sufrir demasiado, solo lo inevitable. Por muchos inocentes que pudiera liquidar, siempre habría demasiados, por todas partes, como una peste. Tomaría lo que el mundo le debía y alimentado su furor carnal podría seguir sin tensiones adelante. Ella se resistió más de lo normal. Era efectivamente una raza pura desde hacía por lo menos cuatro siglos.

 

«Pocos placeres como poseer a la fuerza... entre los más reales que puedan sentirse». El fugitivo tuvo claro que mejor que se reuniera con su pequeña. Ambas dejarían de sufrir a la vez. Y era preciso despejar bien la ruta. Hacía lo que tenía que hacer. Un ser superior siempre sabe lo que tiene que hacer.

 

A Malé, en las Maldivas, rumbo noreste, en la ruta a Ceilán. Vuelo lento, media hora, y de este modo pasar inadvertido por los controles de permisos de líneas rápidas. Las Maldivas centrales son islas Autónomas en trámites de adherirse a la Federación Global, con permiso de tráfico diario. El sitio ideal para desplazarse con facilidad. Dejar un bólido en los aparcamientos de Malé, a nombre de un carnet siciliano, Julio Peloritani, cadáver ya carbonizado difícil de encontrar y mucho más de identificar, que nadie buscaría en al menos un mes, el tiempo que tenía contratado para los vuelos de larga distancia…, era tarea fácil.

 

El aeropuerto de Malé tenía un vuelo directo con Singapur, y desde allí había múltiples viajes hacia la capital de Upolu, Apia, en las islas Samoa. Dirigirse desde allí después al islote de Apolima era como andar por casa. El resto, cuestión de esperar el momento oportuno, bien programado ya… El próximo en la lista sería ese famoso policía, nieto del viejo. Un caso de cazador cazado.

 

El fuerte Dantès ocupaba prácticamente todo el islote de Apolima. Era una de las prisiones más seguras. No había palmo del terreno que no estuviera vigilado; salvo unos acantilados a los que se accedía fácil con un subacuático-1 desinflable. Una cueva interior submarina entre esos peñascos, descubierta al estudiar los planos de las antiguas cloacas del castillo, disponía de todo el acomodo requerido. El cadáver de Joseph, su hermano que compartió su aciaga infancia, sujeto por las dos grandes rocas en el fondo del mar, estaría descomponiéndose debidamente allí mismo, abajo, a unos doce metros de profundidad.

 

«Joseph debía morir tarde o temprano... ¿por qué había decidido pasarse al bando equivocado! Era débil, ya desde niño. Al menos me fue útil. El mejor medio de acercarme a Delmundo». Adolph sonrió ahora, al pensar que sembraría la duda haciéndose pasar por Joseph. Sin cadáver y sin iris, ¿cómo iban a estar seguros?

 

Mientras volvía a alimentarse una vez más con aquellas galletas energéticas, le venían a la mente las noticias de las VS inerciales, que entreveraban los grandes titulares con caliches irrelevantes, como para hacerlas más digeribles. Joseph andaba en boca de todos. «Recluso próximo a su rehabilitación total, una vez en fuga volvía al nivel de peligrosidad anterior». En la celda de Joseph, en su cama, apareció el cadáver de un guardián soltero, Holden: tenía cuatro días de permiso  y no se le echaba en falta; y su hermana menor estudiaba en un internado. Entonces se empezó a chacharear de la fuga de los Kirk. Ambos eran iguales como dos copos de nieve. En la prisión Dantès no se había dado ningún incidente de fuga desde hacía varias décadas.

 

Aquel secreto bajo las aguas solo lo conocía Adolph: «Nadie sospecha que esta cueva submarina conecta directamente con las antiguas cloacas del castillo. Ellos mismos me mostraron la salida. ¡Qué será de una civilización que archiva indolentemente sus antiguas escrituras»!

 

Fugarse no fue peligroso, desde que había estudiado los planos en la biblioteca del Dantès. El 1 de enero era el día perfecto; todo se relajaba. La inspección del mediodía no se hacía y la de la noche era mediante huella. Cortar dos índices del cadáver de Joseph fue tarea fácil. Uno servía para el control de su hermano y otro para él, una vez huido. Las pesquisas sobre huellas disonantes no se iniciarían hasta el día siguiente. Pensarían al principio que se trataría de un error: ambos hermanos tenían permiso para cenar juntos, “en familia”, en la Nochevieja.

 

10

 

El capitán de Balance visitaba por segunda vez el Castillo Dantès, a las 8:15 del día tres. Repasaba mentalmente lo sucedido en la visita anterior y en el expediente que había abierto. Se dirigió a la oficina del sargento de guardia y le comunicó que iba a entrevistar a varios reclusos:

 

—Quiero ver primero a Savo Lipovac, en la sala cuatro.

 

Savo Lipovac, no muy alto, 1,88, diez centímetros por debajo de la media y de cara atediada. En su huida, pudo pasar fácilmente por el guardián Holden, de 1,90 y corpulencia muy similar. Cuarenta años. Pocos cruces raciales. Ambos, Savo y Holden, eran negros, de los pocos que quedaban tan puros. Misterioso y esquivo, por lerdo, costaba arrancarle un monosílabo; estaba seguro de que las palabras eran siempre trampas.

 

—¡Savo Lipovac, de Sarajevo! Bonita ciudad.

 

Aquello tenía más el aspecto de una conversación que de un interrogatorio. Aparentemente. Savo asintió con el gesto, desconfiado y medroso.

 

Este peligroso recluso desaparecido y apresado al día siguiente mientras compraba artilugios en el sex shop de Sexapiabig, en Apia, la populosa capital, con el IC de Holden, tenía el aspecto de un sujeto mezquino, fácil de influir. Sin embargo, las apariencias engañan demasiadas veces.  Se trataba de un asesino con un currículo de matanzas a gran escala, que se atrevía con el uso de agentes químicos muy peligrosos. Por esta razón y por tratarse de un sociópata, sexoadicto agresivo, la capitanía general de la policía de Balance había encargado el caso a Yóbrek Delmundo. Eran muy estimados los conocimientos psiquiátricos del capitán YD1, bien formado y avezado en la escuela de su abuelo.

 

—Usted se fugó con ayuda, ¿quién le ayudó, Savo?

 

«¿Por qué tenía que delatar a Adolph?, ¿qué ganaría a cambio? Aquel interrogatorio no tenía sentido… No sufriría suplicio, ni físico ni mental».

 

—Conozco lo que tiene que decirme, pero es preciso que confiese, por su bien.

 

Savo continuó mirando al vacío, sin apenas inmutarse. Su postura y su mirada se dirigían al ángulo opuesto de la mesa en el que tenía la atención aquel capitán…

 

—Por su bien. Para no descender en exceso en su puntuación. Ya sabe: ¡podría perder numerosos canales en las VS internas y…!

 

Savo contuvo la punzada de aquel comentario permaneciendo rígido. Sufriría restricciones, pero no podía fallar a Adolph. «¿Cómo podría sobrevivir a su regreso?, porque sin duda cumpliría su palabra. Adolph nunca fallaba».

 

—¿Conoce a Slobo Cravec?, ya sabe, su compatriota, “el asesino del veneno”.

 

Savo continuaba sin inmutarse. «¡Qué le importaban todas estas preguntas!».

 

—¿Conoce a Dmitri, el antiguo camarada de Slobo?

 

Aquella postura impertérrita le estaba dando buenos resultados. Su vista seguía posándose en la misma esquina de la mesa. Estaba pasando bien la prueba. «No le sacarían nada». Continuaron algunas preguntas más, aproximativas, respondidas todas con el silencio o con gestos desaprobatorios muy tenues. El interrogado no sabía que al capitán solo le importaba saber una cosa y que todo lo demás era un aliño que le permitía estudiar sus gestos y su personalidad. El policía, entonces, fue directo al tema de su interés:

 

—¿Por qué pertenece usted a la banda de Adolph Kirk, qué le da a cambio?

 

Savo giró inconscientemente la cabeza hacia la esquina del capitán, dudó unos segundos y finalmente supo que sería mejor hablar:

 

—¡Es falso, no pertenezco!, ¿Quién le ha dicho eso? Le han mentido. ¡Ya no pertenezco! —dando a entender que había pertenecido, pero ya no.

 

—Está bien. —El capitán inquisidor proyectó una pantalla virtual desde su IC, le dio las dimensiones requeridas y la situó delante de Savo, superpuesta sobre la mesa, para que fuera más fácil su manejo—.  Ya he acabado con usted. Solo tiene que cubrir el cuestionario y poner su índice en la casilla del final. Es absolutamente indispensable. Ni sueñe con negarse. —Yóbrek sabía que llegado a este punto los reclusos se volvían sumisos, porque querían acabar, porque poner estas cruces sobre preguntas anodinas se hacía sin esfuerzo y porque daban con ello la impresión de que todo había ido bien y de que habían conseguido disimular su estrategia. Transcurridos dos minutos, Savo firmó con la huella al final del cuestionario e hizo la señal de haber acabado.

 

—¡Guardia! ¡Pueden llevárselo! ¡Que siga con la reclusión de nivel peligroso! ¡Comuníquelo al sargento! —El capitán ya había confirmado su hipótesis, tenía lo que había buscado. Claro que había colaborado con Adolph... de otro modo no hubiera reaccionado tan a la defensiva, en medio de tanta indiferencia hacia el resto de las preguntas.

 

A través de su IC pasó orden de ver a continuación a Slobo Cravec. Este exdoctor, célebre  en París por la matanza del agua envenenada, y conocido por todos en la prisión, temido por sus venenos, había hecho una gran fortuna vendiéndose al terrorismo anticonfederado. Tenía setenta años y conservaba la lozanía de la edad adulta. Daba la impresión de estar tranquilo, al contrario que Savo, y parecía no tener que perder nada.

 

—¡Slobo Cravec, de Sarajevo! Bonita ciudad. Aunque ha vivido usted mucho tiempo en París.

 

El prisionero, sentado a la mesa, mirando al frente, al vacío, asintió con el gesto.

 

—¿Qué ha ganado ayudando a Savo Lipovac a fugarse?

 

Slobo Cravec miró sin entender. Era una expresión curiosamente sincera. El joven inspector comprendió que podría ser una mera parte accidental del puzzle. Pero indirectamente ya tenía otra pista buscada.

 

—Tratándose de venenos, sabe que usted sería el primer sospechoso. ¿Por cuánto lo hizo?

 

—¡Esta vez no he sido yo! Me limité a pasar una fórmula, pero de esto hace ya varios meses…

 

Hablaba más de lo esperado. Sin duda, se trataba de alguien más inteligente que su compatriota anterior.

 

—¿Cuántos meses?

 

El prisionero titubeó, se concentró, ideó elegir una respuesta. Él leyó perfectamente todos estos signos. Sabía que iba a mentir.

 

—Fue en la Nochevieja del 44. Una venganza personal. No se utilizó. El prisionero fue trasladado.

 

—¿De quién se trataba? —fingió estar creyéndole.

 

—No lo recuerdo. Nunca estuvo en mi sección. Fue un encargo.

 

—Está bien, ¿quién se lo encargó?

 

—Fue un encargo de un encargo, un encargo en cadena, ya sabe. —Slobo empezaba a disfrutar con aquella patraña con apariencia de verdad.

 

—¿Quién se lo encargó? —preguntó de nuevo sin mostrar prisa ni indignación.

 

—Fue Holden, el cristiano. Un guardián. Ya sabe…

 

—¿Qué es lo que sé?

 

El prisionero miraba ahora hacia el ángulo opuesto de la mesa y entornaba la mirada, en señal de victoria dialéctica.

 

—Bueno…, lo sabe todo el mundo… ha muerto envenenado… en la celda de Joseph.

 

—¿Cree que ha sido Joseph?

 

—¿Quién si no?

 

—¡Precisamente, cualquiera menos él! —recalcó enfáticamente esta conclusión lógica y aparentemente determinante, mientras observaba con detención y aparente descuido los gestos del prisionero.

 

—¡Usted, Slobo, usted o su jefe! —Prosiguió afirmando, para observar las reacciones del sospechoso.

 

El prisionero giró bruscamente en actitud de defensa. Aquella afirmación sí le afectaba de lleno:

 

—¿Mi jefe? ¡Qué jefe! ¡Ya no tengo jefe!

 

El interrogador tuvo suficiente. Las piezas iban encajando. Proyectó con este también el cuestionario habitual para que pudiera ser cómodamente respondido y le dio las consabidas instrucciones. Cuando lo tuvo cumplimentado, lo entregó con el gesto en un tono de leve indignación:

 

—Aquí tiene. He colaborado. ¡Espero que no me molesten más! —La última frase se había pronunciado con resentimiento, era la única que significaba algo. El experto capitán supo, entonces, que Slobo protegía algo que planificaba ocultamente. ¿Qué era? No sería difícil descubrirlo. El tipo era muy transparente, y se creía opaco. Las muertes por envenenamiento llevaban su sello, y ahora estaba a la defensiva. Y el encargo solo podía venir de Adolph.

 

Ordenó que retiraran al recluso, mientras le comunicaba que le rebajarían la puntuación, por haberse negado a colaborar. Se giró sorprendido, porque había creído aparentar bien: «él había colaborado». Su lenguaje corporal y su actitud le denunciaban. Para el capitán todo aquello era transparente.

 

A través de su carnet solicitó que le trajeran a Dmitri, el prisionero de la celda contigua a la de Adolph. Cinco minutos después aparecía un hombrecillo, de 1,77, de aspecto panadizo, salvo sus rojas orejas; la ficha decía que tenía 104 años, estaba muy envejecido para esa edad.

 

—¡Dmitri Mirke, de Sarajevo! ¿Verdad?

 

—Sí, de Sarajevo, pero ya hace demasiado tiempo… —El apocado anciano parecía muy dispuesto a colaborar, sin embargo algo ambiguo y chamarilero flotaba a su alrededor.

 

—¿Por qué no se ha acogido a la amnistía de los cien años? —se refería a la posibilidad de ingresar en prisiones más confortables.

 

—¿A dónde iría?, a mi edad… qué ganaría… me he acostumbrado a esto —manejaba una buena suma de dinero interior... esa era la causa. Yóbrek lo sabía.

 

Le preguntó durante diez minutos sobre la vida en reclusión, sobre los horarios, sobre los hábitos, sobre cuestiones accidentales, como si tuvieran importancia en el interrogatorio. Dmitri colaboró y trató incluso de ser obsequioso, y se alargó más de una vez en sus explicaciones. El policía conocía por su expediente que estaba ante “el Gilito”. La gran suma de dinero que atesoraba procedía de no decir que no a los encargos que le proponían sus camaradas. Aquel dinero no podía llevarlo en caso de traslado a otra prisión. Solo los ahorros legales podían transferirse.

 

—¿Cuánto dinero tiene usted?

 

Dmitri, por primera vez, reaccionó rígido, abrió los ojos e interrogó con la mirada sorprendido.

 

El joven capitán advirtió que no iba a responderle y prosiguió:

 

—No importa. Eso no viene ahora al caso. Pura curiosidad. Ya sabe lo que se dice… —Dmitri parecía no reaccionar. Su gesto se había congelado rígido y daba a entender que no iba a salir de aquel enroque. El inspector decidió, entonces, rematar la frase—: ¿Cómo le llaman a usted? —no respondió. El nieto de Delmundo dio a entender que ya lo sabía— ¿Y por qué le llaman así?

 

Sin embargo no era esto lo que buscaba el avezado interrogador, capitán de la brigada especial de nivel 1 de la UNWB. Por eso, sin esperar respuesta al tema anterior, disparó a bocajarro, mientras de pie se dirigía hacia Dmitri, sentado y algo girado:

 

—¿Se llevaban bien los hermanos Kirk?

 

—No lo sé… —titubeó un largo rato. Y viendo que podía zafarse del interrogatorio, se animó a añadir—: A Joseph apenas le conozco y con Adolph procuro no mezclarme.

 

—Bien, eso es todo. —Le pasó el cuestionario de rigor que tuvo que graduar para su vista con presbicia; se negaba obcecadamente a ser operado de algo que no ofrecía la más mínima complicación. Al firmar pudo ver cómo el anciano reflejaba un visible alivio: no le iban a aplicar ninguna restricción.

 

El inspector levantó ahora la voz y la dirigió hacia la puerta:

 

—¡Guardia, acompañe al prisionero! ¡Su situación seguirá igual!

 

En el centro de la sala, a solas, introdujo en su carnet unos datos, mientras visiblemente su gesto daba a entender que todo estaba encajando. «A Joseph apenas le conozco y con Adolph procuro no mezclarme» significaba que con Joseph no hacía negocios, pero con Adolph los hacía a sabiendas de que eran siempre muy peligrosos. Eso había dicho en realidad.

 

11

 

El capitán de Balance había decidido quedarse a comer con el capitán de la prisión y con el resto de los funcionarios. Era una amplia sala con dos paredes acristaladas; desde allí se divisaba el enorme refectorio donde a las 14:00 todos los prisioneros ocupaban sus plazas para la comida. El sistema era de self-service, a través del carnet de cada uno, en la que quedaba registrado lo que se llevaban en la bandeja. La sala de los funcionarios se situaba en un piso superior al refectorio. El panorama que ofrecían los reclusos podía ser seguido con toda precisión sin ser vistos por estos. No obstante, de la vigilancia se encargaban los robotgrabadores, que almacenaban sus filmaciones, seleccionaban las escenas especiales y pasaban un informe abreviado al sargento encargado en las oficinas centrales.

 

Yóbrek, sentado en una larga y ceremoniosa mesa frente al capitán Roger Boulogne, al tiempo que elegía con el índice su menú, comandado a un servicial robot-camarero, y mientras calculaba volver esa misma tarde a Astur, redactado el informe definitivo, mira con firmeza a los ojos del capitán:

 

—Todo encaja, capitán. Tendré mi informe esta misma tarde. A usted se lo remitirán directamente desde la oficina local de Balance. Verá que todo el embrollo tiene un único sentido. La orden de búsqueda y captura correrá por cuenta de la brigada internacional. Yo la coordinaré. En unos pocos días…

 

—Es un alivio, señor Delmundo. Desde hace mucho tiempo no ocurrían más que incidencias internas y leves. Siempre resueltas en las cuarenta y ocho horas preceptivas.

 

El nieto de Delmundo sacó una pequeña cajita con pastillas blancas, cogió un par de ellas y con un poco de agua las ingirió. El capitán Boulogne no dejó de observarlo, sin disimular su extrañeza.

 

—¿Alguna enfermedad? —se oyó con voz queda, mientras no dejaba de observar aquella enigmática cajita.

 

—No se inquiete, capitán. Pura prevención, en realidad una promesa. A mi abuelo. La cajita es un regalo suyo. Sí, ya sé, es muy rara. Una joya familiar de 2016. Muy práctica y muy bonita. No quisiera perderla.

 

A cien metros de aquellos educados comensales y cuatro plantas más abajo, Adolph esperaba con paciencia, perfectamente oculto, los resultados de su última acción. El agua corriente del castillo era de muy buena calidad; no obstante, pasaba por los tanques potabilizadores para maximizar sus características organolépticas. Los robotcamareros la envasaban en botellas desde los tanques y las trasladaban a los emplazamientos adecuados.

 

Desde su cueva subterránea, Adolph tenía acceso directo al torrente que abastecía el castillo. La sustancia era solo detectable mediante análisis químico. Mortal, con parada cardíaca, no daba opción a buscar un antídoto tras los primeros síntomas. En los últimos meses utilizó con destreza a algunos de los miembros de la banda bosnia ya desactivada, a Savo Lipovac para recados y a Slobo Cravec, experto envenenador, y había aprendido de uno y otro todo lo que necesitaba sobre venenos. Las materias primas eran fáciles de obtener, muy abundantes. El acumulador de energía era toda la clave y se trataba de un discreto aparato muy fácil de disimular. Con la potencia adecuada, el tiempo necesario y las dosis precisas se conseguían objetivos inauditos. «La ciencia sí merecía la pena. Lo único respetable de los malditos confederados. Alea jacta est», como había leído de aquel magnífico general romano, un antecesor suyo, no lo dudaba: «La suerte estaba echada. Caería la población al completo del Dantès, los prisioneros y los funcionarios. El segundo movimiento de una guerra recién iniciada... El mundo pronto lo sabría».

 

Próximas batallas se orquestaban en su psique juramentada: toda aquella cadena de sanatorios, repartidos por todo el globo. Y después iría a saco contra las escuelas. Impondría un nuevo orden mundial, uno verdadero, sin esas ambigüedades y sentimentalismos, donde los fuertes y los débiles ocuparan cada uno su lugar. La naturaleza no obraba en vano.

 

El panorama del refectorio era dantesco. Más de la mitad de los comensales yacían en el suelo o sobre las mesas muertos o moribundos. La otra mitad trataba de entender lo que sucedía, conteniendo su cabeza para alejar aquel intenso dolor. El vértigo y la visión confusa eran lo peor, aun más que las punzadas del vientre. Solamente Slobo Cravec y Savo Lipovac habían comprendido lo que sucedía desde los primeros segundos. Savo yacía en un corredor de salida, por donde había tratado de escapar en busca de un antídoto, mientras inútilmente se le oía decir: «¡cerdo!, ¡traidor!»,¡Adolph!». Slobo Cravec, ausentado por breves momentos del refectorio, después de recibir una llamada en clave, moría en presencia de Adolph. Aquella sala donde se entrevistaron era contigua a los wáteres, no tenía cámaras y desde ella se accedía, por las cloacas, a la gruta secreta solo conocida por el Kirk superviviente.

 

En la sala de los funcionarios no podían ocuparse de lo que sucedía abajo, porque se debatían ellos también entre la vida y la muerte. Varios habían caído, entre ellos el capitán Robert Boulogne. Yóbrek sentía ahora que se desvanecía y por alguna razón pensaba en el abuelo, intensamente; estaba con él, allí, casi como una presencia corpórea.

 

A las 15:00 todo el castillo era un gran campo de batalla, sin supervivientes. El turno entrante dio la alarma y la noticia recorrió el planeta en pocos segundos.

 

12

 

En el bólido, Adolph había marcado ya su ruta: desde Samoa a Hawai, istmo de Panamá y destino final en Bonaire, en el Caribe, muy cerca de Venezuela, tranquila islilla confederada próxima a otras islas salvajes y autónomas, por si fuera preciso pasar la frontera.

 

Quince aislados territorios son los lugares que no están bajo el control central. Existían tres regímenes de islas en el planeta: confederadas, independientes y de transición, estas últimas a veces prisiones, a veces lugares de destierro. Situaciones toleradas por la Confederación y un mal menor, hasta que se pusiera solución a esta anómala globalización. El problema principal residía en lo difícil que resultaba desde hacía más de un siglo reducir la cifra del 15 % de delincuentes inadaptados de la población mundial: individualistas desarraigados, maleantes obsesivos, ambiciosos fracasados, terroristas a sueldo, psicópatas de toda laya. En realidad, más del 30 % de la población estaba afectada de algún desequilibrio psíquico severo, pero la mayoría vivía bastante bien acoplada al ritmo de la civilización. Edmundus Delmundo había visto ahí el grave problema de su tiempo y después de su experiencia política decidió que ese era el principal reto al que quería dedicar su vida.

 

A la altura a la que viajaba, bastante discreto para evitar las rutas rápidas tan solicitadas, Adolph podía divisar bien el andamiaje de aquel planeta «que algún día cambiaría por obra suya». Destacaban las grandes megalópolis de más de treinta millones de habitantes que resplandecían en la noche como grandes monstruos mordiendo el planeta. También brillaban con su luz distintiva, las metrópolis, de tamaño medio. Astur, con sus veinte millones y su preciosa disposición entre el mar y aquellas montañas le había parecido un lugar interesante. Otros puntos podían divisarse desde esta distancia: eran las urbes de menos de diez millones, que se contaban por centenares y parecían luminarias débiles en medio de aquellos otros resplandores tan intensos. El resto, pequeñas ciudades y poblaciones campestres, pasaban bastante inadvertidas. Groenlandia, la Antártida, Siberia, el Sáhara, el Amazonas y gran parte de Canadá estaban muy deshabitados. El hemisferio norte europeo había sufrido en los últimos treinta años los primeros estertores de picos de temperaturas muy bajas, por la inminente glaciación —sería leve, según dictaminaban los científicos—, y por encima de Inglaterra, del Rhin y del Volga la densidad de población iba en un descenso progresivo. Era el paraíso de los aficionados a los deportes de nieve y a las aventuras de riesgo de los confederados.

 

Adolph calculaba que le faltaría una media hora para llegar a destino. Su sonrisa afilada se reflejaba en la ventana inmediata: traslucía una intensa sensación de justo resarcimiento. Repasaba el último trámite de su obra: las pistas equívocas que había dejado en la prisión Dantès, poco antes de irse como un fantasma:

 

Pasada media hora desde el envenenamiento, todos habían ya perecido en el refectorio. Los sistemas de grabación quedaron inutilizados con una imagen fija llena de cuerpos muertos durante cinco minutos, el tiempo que necesitó mientras se desplazaba con impunidad. Lo primero era desactivar la energía de todos los robots. Necesitaba realizar dos movimientos más. El primero llegar al cadáver de Savo Lipovac y cambiar su carnet por otro idéntico en el que se encontraría una pista que llevaría a los investigadores a sacar «las debidas conclusiones». Ahí, aparecían al pormenor los hechos acaecidos: Joseph era el cerebro: se había deshecho del estorbo de su hermano, al que había descuartizado y arrojado trozo a trozo por los desagües de la lluvia.  La banda bosnia, Savo Lipovac, Dmitri Mirke y Slobo Cravec eran sus colaboradores. Los únicos fugitivos y a salvo, según esta versión, Joseph y Slobo, el temible envenenador de París. Joseph se habría fugado en el Añonuevo para atentar contra Edmundus, y Slobo le habría seguido después de llevar a cabo el envenenamiento. Efectivamente, a Slobo Cravec se le veía desaparecer del refectorio a las 14:10 y no aparecía posteriormente en las grabaciones. Adolph había hecho que su cadáver lo tragara la tierra. En las catacumbas submarinas de aquel castillo fue a hacer compañía al cuerpo en descomposición de Joseph. Cuando descubrieran que las cámaras se habían inutilizado cinco minutos, llegarían a la conclusión de que fue el tiempo que empleó Slobo para huir en medio del mar de cadáveres. Una hazaña más del sanguinario envenenador.

 

Los investigadores locales se afanaron en poner orden y estudiar el “Diario de a bordo” encontrado en el IC de Savo, muerto mientras operaba en él. Todos los datos allí contenidos habían sido contrastados y parecían correctos.

 

Adolph estaba plenamente satisfecho del Diario de a bordo: era «una de sus pequeñas obras maestras». Allí se veía claramente cómo todos los acontecimientos iban coincidiendo con las anotaciones. De hecho, la mayor parte de lo que se narraba era absolutamente verdadero. Y los hilos falsos, perfectamente ocultos en aquella trama hecha por la mano de un orfebre, eran imposibles de descubrir; porque, en definitiva, sin los tres cuerpos de los que faltaban, cómo resolver el enigma. Lo único que había era aquella historia que encajaba con los hechos, y había sido encontrada en manos de uno de los artífices del motín.

 

«La policía podrá confirmar estos datos en la memoria del castillo», piensa Adolph, quien divisa por fin la islilla de Bonaire, ayudado del mapa de la VS de su carnet: le señala que es la que está allá abajo, entre olas, en el mar. Hace buen tiempo y sonríe por ello.

 

El plan había sido trazado con tantas vueltas y revueltas, con tantas carambolas, con tantas comparsas en papel de personajes principales, y, sobre todo, había mantenido tan convincentemente el cambio de identidad de los dos hermanos Kirk, que a Adolph le parecía una obra simplemente perfecta, a pesar de su barroquismo, porque cualquiera que revisara la historia con paciencia y penetración, no sólo no se convencería sino que vería en las aparentes e iniciales contradicciones nuevas pruebas que lo corroboraban todo con mayor fuerza. «Una pequeña obra de arte ¡del engaño!», se repetía Adolph a sí mismo con traviesa adolescente fruición.

 

Según todos los indicios, Joseph había conseguido fugarse y Adolph, asesinado, había desaparecido, troceado, por el desagüe. «Aunque no engañe a algunos, confundirá a la mayoría», concluyó, mientras su mirada iluminada de reflejos aterrizaba en Bonaire.